Cuenta la leyenda, que en el antiguo Egipto vivía un faraón muy poderoso, conocido por su crueldad y sobre todo porque no permitía ningún tipo de error de sus súbditos. Sus exigencias lo llevaron a desear y poseer cuanto secreto pudiera existir en el mundo, nada le faltaba.
Sin embargo, todos sabían en el reino que a pesar de su poder, esto no era así, al faraón le faltaba algo, la flor de acacia, ésta era una flor diferente a las cinco especies que crecían por doquier, se decía que aquel que fuese el dueño del jardín donde floreciera dicha maravilla sería inmortal.
Al enterarse el faraón mandó buscar la semilla de tan codiciado arbusto, contrató al mejor jardinero del mundo y le ordenó que cuidara de ella hasta que diera su primera flor. El jardinero abonó la mejor tierra, regó la flor con agua del río Nilo, retiró la hierba mala, una y otra vez repetía el procedimiento, tiempo después al ver el faraón que la semilla sólo daba un pequeño arbusto y ninguna flor, despidió al jardinero y le cortó la cabeza, contrató otros más y todos corrieron con la misma suerte, curiosamente ya no había ningún jardinero en los alrededores y nadie quería ocupar dicho puesto.
Un día, un joven llamado Hermes, se presentó ante el faraón y le pidió una oportunidad, - Majestad, permítame hacerme cargo del arbusto, yo cuidaré de el - El faraón sorprendido por la astucia del muchacho le preguntó porque quería hacer esto, si sabía cual era el castigo, Hermes le contestó que amaba tanto vivir, que seguramente ese sentimiento lo haría trabajar con entusiasmo y amor. Además, él no le temía a la muerte pues algún día tendría que suceder y siempre sería mejor llegar a dicho momento después de intentar algo, que no hacer nada. El faraón sin tener nada que perder, le dio el trabajo.
Todos en Egipto veían al joven Hermes cuidar del arbusto, pero de una manera diferente. Hermes no cortaba la hierba mala, ni abonaba la tierra, ¿para qué? si las plantas del bosque crecían unas junto a otras, no lo regaba, ¿para qué? si había agua de lluvia. Lo que solía hacer cada noche era sentarse junto a la acacia y hablarle muy despacito, le susurraba antes de dormir y por las mañanas al despertar, nadie sabía realmente que tanto le podía decir Hermes a la acacia, era todo un misterio.
Por fin el gran día llegó, y el faraón visitó su jardín para supervisar el trabajo de Hermes, cual sería su sorpresa al ver que nada había sucedido, al contrario, el jardín lucia sucio y descuidado, - Lo sabía, eres demasiado joven para entender la vida, mira lo que has hecho – le dijo el faraón. – Mañana por la mañana recibirás tu castigo, sabes bien cual es -. Hermes sólo guardó silencio y se retiró.
Cuentan que esa noche no fue la excepción y el joven muchacho se sentó junto al arbusto, pero ésta vez no le susurro, le dijo con voz fuerte y determinante, -¡Dime! Te he cuidado con amor, he estado contigo todas las noches… ¡Qué te duele! – Entonces, sucedió, de pronto un gran gusano negro salió de la tierra, de entre las raíces de la acacia, Hermes al intentar matarlo no pudo, un pajarillo lo tomó con su pico y se lo comió, posteriormente queriendo atrapar al pajarillo una serpiente enorme se lo devoró, cuando Hermes quiso sujetarla, vino un gran halcón, atrapó a la serpiente y se fue volando perdiéndose entre el cielo de aquella noche, como si su destino fuese alguna de esas tantas estrellas.
Hermes cansado se recostó junto al arbusto y se quedó dormido, a la mañana siguiente, cuando despertó muy temprano, todo seguía igual, pero de cualquier forma le hablo a la acacia, se despidió de ella, de repente comenzó a florecer, ¡sí!, hermosas flores salían por sus ramas, rápidamente buscó al faraón, lo despertó y lo llevó hasta el arbusto, - Siempre supe que eras un muchacho listo, que entiendes muy bien la vida… - le dijo el faraón. – Ahora te premiaré, serás mi consejero y vivirás en el reino hasta que mueras – replico.
Y así fue, El muchacho gozaba de los favores del faraón, pero seguía cuidando del arbusto, cada noche se sentaba junto a el y le susurraba, por las mañanas no era la excepción. Después de un tiempo el faraón enfermó y en su lecho de muerte llamó a Hermes, - Muchacho, ¿qué pasa?, ¿por qué estoy así?, si soy inmortal – éstas fueron sus últimas palabras. Fue entonces, cuando Hermes reflexionó, el verdadero dueño del jardín es quien lo cuida y vela por el, y no quien sólo posee la tierra, y el verdadero propietario de la acacia era él.
Todos al ver esto se reunieron, querían conocer a Hermes, era todo un alboroto, entre tanto tumulto, alguien se acercó al joven y le preguntó: ¿Qué harás ahora muchacho? A lo que Hermes contestó:
- Comenzaré por agradecer al gusano, al pequeño pajarillo, a la serpiente, al halcón, pero sobre todo a todas y cada una de las estrellas, que al fin y al cabo, tengo todo el tiempo del mundo para hacerlo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario