Sistemas de Organización y Desarrollo Administrativo
domingo, 20 de enero de 2013
LA EDUCACIÓN PARA EL ALMA
De la crítica que el ser humano
realiza a su historicidad, resaltan aquellas que hacen énfasis y delimitan las
diferentes generaciones que, por sus características esenciales, han surgido
para establecer los parámetros de temporalidad. La generación actual pertenece
a una sociedad poscapitalista en plena deconstrucción donde se manifiesta
grandemente la necesidad de retomar con fuerza la ética para enfrentar los
problemas y retos que estos tiempos nos imponen.
Cabe señalar que, en mayor o menor
grado, estas generaciones han manifestado la pérdida de valores, la
deshumanización y problemas como el hedonismo, el materialismo, el consumismo,
entre otros. Lo que nos lleva a preguntarnos ¿Por qué el avance tecnológico y
científico está desfasado respecto al ético y moral? ¿En qué hemos fallado como
sociedad? Preguntas como éstas hay miles, cuyas respuestas no representan la
solución. Por eso debemos encontrar el medicamento adecuado para la enfermedad.
Algunos estudiosos preocupados
del tema proponen fomentar la resiliencia, educar en valores, promover el laicismo, etc.
Todas ellas buenas intenciones que necesitan ser construidas día a día tanto en
instituciones educativas como en el hogar, principalmente en éste último
porque, al llegar a casa, perecen ante los embates de información en cantidades
que superan la capacidad humana para asimilarla. Posiblemente la solución se
encuentre en redefinir y vitalizar conceptos como el de conciencia, deber,
templanza, virtud, entre otros; para no perder nuestra esencia humana y un
destino en equilibrio con el entorno del cual formamos parte.
En el presente ensayo retomaremos
el valor de la sōphrosynē en la paideia
del ser, no sólo la institucional o la del seno familiar, sino la educación
integral, la del alma, expuesta en el diálogo socrático de Cármides como
aquellas virtudes necesarias para sanar el alma por ejemplo la sensatez, la
mesura, la sabiduría, el conocimiento de sí mismo; las cuales convergen en un
término denominado temperantia como
estrategia de embate ante una sociedad decadente, lo que en este ensayo hemos
denominado la educación para el alma.
En la actualidad, es aceptado que la
educación de la persona es de carácter multidireccional porque transmite
conocimientos, valores y costumbres propias del grupo social en que se
desarrolla lo que permite regular la conducta de sus miembros así como
conservar y dar utilidad práctica a elementos morales. Para Morin la educación
debe basarse en siete pilares: combatir las cegueras del conocimiento, mantener
el principio del conocimiento pertinente, enseñar la condición humana, enseñar
la identidad terrenal, enfrentar las incertidumbres, enseñar la comprensión y
la ética del género humano. Saberes todos necesarios para
lograr el desarrollo integral de los hombres en sana interacción con el medio.
Además, pugna por alcanzar un pensamiento
complejo que permita suprimir los conocimientos parcelados que resultan en situaciones
de conocimiento-acción producto de una visión reduccionista que no permite el
pensamiento crítico que, junto a la natural duda, pueda llevarnos a la
consecución de nuevo conocimiento. (Azócar, 2006: 2)
Ésta idea en cuanto a la educación
actual, encuentra sustento en los
ideales filosóficos de la Grecia clásica. Platón interpreta el pensamiento
socrático y plasma, en el diálogo de Sócrates con Cármides, Querefón y Critias,
interrogantes que hoy continúan vigentes, en el sentido de cuestionarnos cuál
es el resultado palpable de la sabiduría, si la entendemos como ciencia. Hoy
podríamos preguntarnos, ¿Cuál es el resultado de la educación actual, más allá
de proporcionar al individuo un modo de subsistencia al capacitarlo para
desempeñar un trabajo más o menos especializado? La respuesta a nuestro futuro,
bien podría dárnosla nuestro pasado.
Según el pensamiento pitagórico
“educar es templar el alma para las dificultades de la vida”. (Pitágoras citado
por Rutto, 2008: 1) Sócrates, al hacer la alegoría sobre cómo se debe tratar
una cefalea (a través de tratar todo el soma),
ilustra que la sabiduría no puede desarrollarse en un ámbito reduccionista ni
utilitarista. Es decir, la sabiduría
debe permitir no solamente conocer de algo, sino poder utilizar ese algo
para ser mejores. Siguiendo con el pensamiento socrático, la sabiduría no se
puede encuadrar en el marco de ninguna ciencia, es una virtud que debe provocar
en el ser humano la pulsión de su búsqueda, llevando ésta con templanza, en el
sentido de no permitir que las pasiones desvíen la intensión de la búsqueda en
lograr otros bienes que no sean mejorar como individuo. Así el ser humano
siempre es inacabado.
En su Paideia, Platón señala que el hombre a través de ésta podría
encontrar la cosmovisión que le permitiera conformar una sociedad justa. “La
educación es desalienación, la ciencia es liberación y la filosofía es
alumbramiento” (Droz, citado por Silvestre, 2009:2). El pensamiento aristotélico
continúa esta línea al plantear que la educación hace posible mantener las
pasiones dentro de un orden ético. En su Ética Nicomáquea, Aristóteles dice que
la sabiduría es una virtud intelectual y que la templanza es una virtud moral.
Reflexión ya abordada por Sócrates cuando, junto a Critias, recomienda a
Cármides que la respuesta es seguir indagando sobre la templanza porque ayuda a
comprender las cosas de una manera fluida, valorando lo útil y advirtiendo que
ante el reconocimiento de la propia
ignorancia se debe buscar cómo alcanzar el saber para poder actuar con justicia.
Vivimos
en un mundo que presenta enormes tareas en cuanto al cuidado del medio
ambiente, la resolución de la pobreza y falta de oportunidades, la generación
de fuentes alternas de energía que garanticen el desarrollo sostenible, la
erradicación de pandemias, la lucha contra el terrorismo, la economía y el
abasto, el respeto por el ser humano y la vida. Por eso estamos seguros que es
imprescindible una educación que haga frente a tan complejo panorama.
Es
urgente una educación en valores, ya que hay una búsqueda de lo inmediato y una
pérdida de fe en la razón y la ciencia. El relativismo y la pluralidad de
opciones permean en las diversas prácticas culturales y actuares. La necesidad de sobrevivir ha perdido su importancia ante
la necesidad de tener, y el que más tiene es el que más es. Al
acentuarse el individualismo en las sociedades modernas, se genera la
desintegración de la textura moral de instituciones como la familia. Reiteramos pues la necesidad de recuperar la templanza.
Como señala Sócrates: “El alma es la que debe
ocupar nuestros primeros cuidados, y los más asiduos, si queremos que la cabeza
y el cuerpo entero estén en buen estado.” (Platón, versión 2009: 108). Esta
frase fue dicha hace más de dos mil años, pero aún cobra vigencia si hablamos de
una educación con y de la templanza. La templanza es una de las cuatro virtudes
maestras, pero actualmente parece rezagada de otras virtudes contemporáneas propias de un estilo de vida hedonista, consumista y
permisivo. La persona con templanza reconoce los placeres como tales, pero se
modera para actuar conforme lo que mejor convenga. La persona falta de templanza es, en
cambio, desenfrenada y no domina sus apetitos. Es necesaria la templanza para
reconocer errores y ayudar a otros con una actitud justa y humilde. No hay
mejor guía que el ejemplo mismo.
Para educar con templanza debemos
asumir que la sociedad consumista y los medios masivos son indiscriminados en
sus lanzamientos y será el individuo quien deberá evitar caer en esta
compulsión de consumo y felicidad engañosa que anula nuestra libertad y nos
hace caer en la trampa de las adicciones, de la ambición, de la corrupción, entre
otras. Por otra parte, la educación de la templanza debe evitar tanto los
excesos como las carencias. A eso se refería Cármides cuando opina que: “la
sabiduría le parecía consistir en hacer todas las cosas con moderación y
medida” (Platón, versión 2009: 111) La disposición natural al gozo puede hacernos
obrar desordenadamente; sin embargo, mediante la templanza se modera la
atracción de los placeres y se procura el equilibro en el uso de los bienes
creados y compartidos. La templanza es un llamado a la sociedad moderna para
reconsiderar su escala de valores, porque parece irónico que a mayor población
mundial es más grande la sensación de soledad y abandono.
Concluimos
que la educación moral es un compromiso de una práctica del yo: quién soy,
cómo soy, qué puedo hacer, y qué soy; a favor de un bien común en donde el
principal objetivo será la empatía por el otro y el uso de la libertad propia
vinculada con la libertad de los demás, en beneficio de una sociedad. Retomando
a Morin, la educación moral será indispensable para la educación holista, donde
el individuo actúa a favor de la
comunidad y ésta atiende al individuo.
Reconocemos que no
basta la buena disposición para educar el carácter, sino que también hacen falta
leyes acordes al tipo de sociedad en la que vivimos para que guíen la práctica;
pues es difícil recibir desde la infancia una recta dirección si se carece de
normas firmes encaminadas a la virtud. Las leyes deben regular la convivencia
social, la educación y los oficios desde una temprana edad. Las leyes nos guían
y dotan de la moderación necesaria para vivir en templanza.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)