Sistemas de Organización y Desarrollo Administrativo

miércoles, 30 de enero de 2013

Mi metrópolis


Algún día de estos, tratando de encontrar respuestas internas leí algo que me hizo meditar mucho, el escrito decía esto:

“Un día, estaba Diógenes comiendo un plato de lentejas sentado en el umbral de una casa cualquiera.  No había nada en toda Atenas más barato en comida que el guiso de lentejas. Dicho de otra manera, comer guiso de lentejas era definirse en estado de la mayor precariedad. Pasó un ministro del emperador y le dijo: -¡Ay! Diógenes, si aprendieras a ser más sumiso y a adular un poco al emperador, no tendrías que comer tantas lentejas.

Diógenes dejó de comer, levantó la vista y mirando al acaudalado interlocutor profundamente, le dijo: -Ay de ti, hermano. Si aprendieras a comer un poco de lentejas, no tendrías que ser sumiso y adular tanto al emperador”.  (Bucay, Jorge, 179: 1994).

Lo que me impactó de este pequeño cuento, al compararlo con la película Metrópolis es lo difícil que es tomar las decisiones correctas, estamos acostumbrados a que la vida decida por nosotros y andamos por ahí sin cuestionarnos nada, quizás porque en el fondo tenemos miedo de encontrarnos frente a frente y descubrir que no estamos haciendo nada en concreto por no ser parte de la Metrópolis.

México, como País acaba de vivir un momento importante de su historia, una transición política que debería llenarnos de esperanzas, pero ante los inconfundibles hechos, es preciso reconocer que el cambio como sociedad no sucederá hasta que cada uno de manera independiente empiece por tomar en serio el verdadero sentido de la libertad y de la vida.

El dolor que sintió el protagonista de metrópolis, me hace pensar que si en el mundo se sintiera ese dolor por todos aquellos que están olvidados, en las ciudades perdidas, aquellos a quienes nadie recuerda, en ese momento de sentir el dolor de todos ellos, no podríamos ser los mismo y no se trata de ser seres humanos extraordinarios, lo único que tenemos que hacer es recordar precisamente que somos seres humanos.

Hace poco observé un hecho que me dio la pauta acerca de lo que nosotros no somos ni hacemos,  en un jardín estaba un pequeño pajarito lastimado de su ojo, no podía volar probablemente por su corta visibilidad, observé que alrededor del jardín había una parvada volando en círculos, lo estaban buscando y lo llamaban, me olvidé del incidente y entré al interior de la casa, pero cuando salí, el ave seguía ahí y sus amigos seguían esperando por él, apoyándolo en un momento tan difícil, me sentí confusa, pensé si en mi vida había hecho lo mismo por un amigo, por alguien con quien al menos no tuviese lazos sanguíneos, y sobre todo,  me cuestioné cómo las aves podrían ser capaces de hacer eso, si los animales tenían esos instintos, por así llamarlos, por qué nosotros nos estamos destruyendo unos a otros, incluso destruyéndonos a nosotros mismos.

Lo que me recordó metrópolis es en realidad todo lo triste del mundo, todo lo injusto de este sistema manipulado por unos cuantos para quienes sólo somos parte importante de la acumulación interminable de sus riquezas por más ridículo y absurdo que parezca para alguien tiene algún sentido jugar a que los demás no somos, ni existimos, ni valemos, ni tenemos una conciencia propia, un corazón lastimado por tanta injusticia.

Yo no sé si algún día encontraremos el valor para cambiar este sistema, si habremos de desprendernos del egoísmo lo que sí sé es que como a muchos, me lastima el saber que sólo soy parte de este sistema, que aparentemente sólo me guío por él y que por consecuencia no estoy cambiando ni por dentro ni por fuera.

Lastima el ver en los ojos del otro,  la ambición reflejada, lastima el oír palabras que agradan pero que no son sinceras, lastima saber que la única esperanza para nuestros hijos es sabernos padres capaces de darle el amor y la verdad por razón de su existencia.

Ojalá la metrópolis se detuviera, ojalá que se pudiera cambiar el sentido de la vida, pero creo que aunque no se detenga, nosotros al menos podemos detener nuestra loca carrera y analizar, observar lo que estamos haciendo con nuestro planeta, lo saturado y terriblemente contaminado que está, detener nuestros apresurados pasos, esa costumbre de vivir con el estrés y la monotonía de la vida y encontrar dentro de nosotros mismos esas respuestas que nos conduzcan a ser personas más conscientes, más armoniosas y decidas a predicar con el bien y a vivir en equilibrio con la vida y con nuestro planeta.

 A quienes necesitamos inspiración, es necesario empezar a buscarla, redescubrirnos y redefinirnos hasta saber que esa parte buena vive ahí y que es necesario dejarla salir, vertirla en los demás, hasta sembrar esas muestras de diferencia, que empujen a los demás a vernos diferentes, a sentirnos en paz y satisfechos.
Por: Alejandra Aguilera

La insoportable levedad de mi ser


Es impensable la forma en la que cada cual construye su propio concepto de felicidad y alude a las formas más sofisticadas y audaces para lograrlo, siempre he creído que el sistema que nos rodea y algunas veces nos mueve como piezas de ajedrez, está destinado a no terminar hasta que uno descubra su fuente interna de paz.
Lo que más me llama la atención de la Insoportable Levedad del  Ser es la forma tan sencilla de encontrar esa paz, en un lugar humilde, con gente sencilla y realizando actividades muy cotidianas y normales. Es curioso que tal vez muchos de nosotros hayamos creído que la felicidad se encontraría al tener una carrera universitaria y sobresalir en medio de quienes no tuvieron dicha posibilidad, hoy pienso, si me hubieran dicho que justamente cuando empezara mi primer empleo me daría cuenta que sucederían tantas cosas tan contrarias a las que yo imaginé, por ejemplo, llegar a una empresa, hacer lo que te gusta, sentarte a escribir y plasmar ideas, ganarte la confianza del jefe, aumentar de sueldo, generar envidia de compañeros, y de pronto darte cuenta que tu jefe es una persona que ya no te inspira, no encuentras en él un pequeño ápice de valor y moral, entiendes el sistema, todo lo que escribes deja de tener importancia, al final sólo se trata de relaciones públicas, dinero, y también manipulación. Piensas que es hora de volar de ahí y lo haces, un día sientes tus alas lo suficientemente fuertes y te armas de valor y llegas a una empresa en donde tienes que cobrarle a la gente, y te das cuenta que no puedes hacerlo, sobre todo cuando las personas te dicen que tienen un hijo enfermo, un familiar en la cárcel, no crees en lo que vendes, no quieres dar créditos sabiendo que lo que vendes en realidad son intereses sobre intereses y que estas pobres  personas pasarán meses pagando lo que ya pagaron, entonces llegas al área educativa y justo cuando piensas que tu labor es noble, tiene un sentido real y profundo para ti, te topas con el sistema y te escupe en la cara nuevamente, compañeras bonitas y envidiosas que le hacen la barba  a la jefa, al rector, a quien se deje, campañas políticas en medio de tu labor docente y lo único que le ruegas a Dios muy dentro de tí es que nunca te pidan que te unas a eso, porque no tienes una respuesta, tienes miedo de verte afuera del sistema, tratando de encontrar algo nuevo, cuando todas las respuestas son las mismas, tienes miedo y coraje y vergüenza de no ser como el Doctor de la película y escupirle a todo mundo lo que piensas y sientes y  se te hincha la cara de vergüenza de saber que a los alumnos los engañan para ganar votos y se engaña a todo mundo para hacer lo que un manipulador quiere.

Tienes mucho coraje, porque cada día te das cuenta que tienes un potencial grande y que donde estás lo único que haces es inundarte de actividades que nadie reconocerá y como no naciste para hacerle la barba a nadie, tu jefa te deja cada vez más actividades y menos actividades a quienes nunca hacen nada.

Aún así, muy dentro de ti, sabes que lo que se vio en esta película movió una parte dentro, que siempre está ahí, que te aleja de muchos, que te acerca a muy pocos, pero que es muy tuya y que por breves momentos como estos puedes ser tú  y hasta lloras al sentirlo.

Ojalá algún día encontraras las respuestas, ojalá algún día se valorara a las personas por su interior, por su capacidad, por sus valores y principios,  sientes que el mundo gira al revés, pero sigues siendo tú, siempre lo has sido, después de todo, estudiaste la universidad en una escuela muy cara, donde todo mundo parecía que iba a una fiesta, tú no tenías ropa ni coches, ni amigos, pero tenías un firme propósito, estudiar y aprender, hoy estás medio cansada de este trabajo, medio fastidiada en tu maestría por no disponer del tiempo que quisieras, a veces no sabes cómo ponerle fin a tu estrés, no has encontrado el botón de stop o tienes miedo de encontrarlo, porque sabes que hay un momento hermoso cuando te sientas en el parque sin pensar en el mañana sino sólo en ese momento.

El maestro de maestría te pidió escribir lo que sientes, y te dio un pretexto para hablar contigo, él sabrá lo que hace con tu ensayo, si lo lee o no, si le gusta o no, lo que quieres es decirle a alguien lo que sientes, lo que esta película produjo en ti y las respuestas que estás buscando y que sigues sin encontrar, pero agradeces que esto sirviera como buen pretexto para decirte a ti lo que piensas, quién eres, a dónde no sabes que quieres ir, entre otras tantas cosas.

Por Alejandra Aguilera

domingo, 20 de enero de 2013

NEGOCIACIÓN



LA EDUCACIÓN PARA EL ALMA


De la crítica que el ser humano realiza a su historicidad, resaltan aquellas que hacen énfasis y delimitan las diferentes generaciones que, por sus características esenciales, han surgido para establecer los parámetros de temporalidad. La generación actual pertenece a una sociedad poscapitalista en plena deconstrucción donde se manifiesta grandemente la necesidad de retomar con fuerza la ética para enfrentar los problemas y retos que estos tiempos nos imponen.

Cabe señalar que, en mayor o menor grado, estas generaciones han manifestado la pérdida de valores, la deshumanización y problemas como el hedonismo, el materialismo, el consumismo, entre otros. Lo que nos lleva a preguntarnos ¿Por qué el avance tecnológico y científico está desfasado respecto al ético y moral? ¿En qué hemos fallado como sociedad? Preguntas como éstas hay miles, cuyas respuestas no representan la solución. Por eso debemos encontrar el medicamento adecuado para la enfermedad. 

Algunos estudiosos preocupados del tema proponen fomentar la resiliencia,  educar en valores, promover el laicismo, etc. Todas ellas buenas intenciones que necesitan ser construidas día a día tanto en instituciones educativas como en el hogar, principalmente en éste último porque, al llegar a casa, perecen ante los embates de información en cantidades que superan la capacidad humana para asimilarla. Posiblemente la solución se encuentre en redefinir y vitalizar conceptos como el de conciencia, deber, templanza, virtud, entre otros; para no perder nuestra esencia humana y un destino en equilibrio con el entorno del cual formamos parte.

En el presente ensayo retomaremos el valor de la sōphrosynē en la paideia del ser, no sólo la institucional o la del seno familiar, sino la educación integral, la del alma, expuesta en el diálogo socrático de Cármides como aquellas virtudes necesarias para sanar el alma por ejemplo la sensatez, la mesura, la sabiduría, el conocimiento de sí mismo; las cuales convergen en un término denominado temperantia como estrategia de embate ante una sociedad decadente, lo que en este ensayo hemos denominado la educación para el alma.

En la actualidad, es aceptado que la educación de la persona es de carácter multidireccional porque transmite conocimientos, valores y costumbres propias del grupo social en que se desarrolla lo que permite regular la conducta de sus miembros así como conservar y dar utilidad práctica a elementos morales. Para Morin la educación debe basarse en siete pilares: combatir las cegueras del conocimiento, mantener el principio del conocimiento pertinente, enseñar la condición humana, enseñar la identidad terrenal, enfrentar las incertidumbres, enseñar la comprensión y la ética del género humano. Saberes todos necesarios para lograr el desarrollo integral de los hombres en sana interacción con el medio. Además, pugna por alcanzar un pensamiento complejo que permita suprimir los conocimientos parcelados que resultan en situaciones de conocimiento-acción producto de una visión reduccionista que no permite el pensamiento crítico que, junto a la natural duda, pueda llevarnos a la consecución de nuevo conocimiento. (Azócar, 2006: 2)

 
Ésta idea en cuanto a la educación actual, encuentra  sustento en los ideales filosóficos de la Grecia clásica. Platón interpreta el pensamiento socrático y plasma, en el diálogo de Sócrates con Cármides, Querefón y Critias, interrogantes que hoy continúan vigentes, en el sentido de cuestionarnos cuál es el resultado palpable de la sabiduría, si la entendemos como ciencia. Hoy podríamos preguntarnos, ¿Cuál es el resultado de la educación actual, más allá de proporcionar al individuo un modo de subsistencia al capacitarlo para desempeñar un trabajo más o menos especializado? La respuesta a nuestro futuro, bien podría dárnosla nuestro pasado.

 
Según el pensamiento pitagórico “educar es templar el alma para las dificultades de la vida”. (Pitágoras citado por Rutto, 2008: 1) Sócrates, al hacer la alegoría sobre cómo se debe tratar una cefalea (a través de tratar todo el soma), ilustra que la sabiduría no puede desarrollarse en un ámbito reduccionista ni utilitarista. Es decir, la sabiduría  debe permitir no solamente conocer de algo, sino poder utilizar ese algo para ser mejores. Siguiendo con el pensamiento socrático, la sabiduría no se puede encuadrar en el marco de ninguna ciencia, es una virtud que debe provocar en el ser humano la pulsión de su búsqueda, llevando ésta con templanza, en el sentido de no permitir que las pasiones desvíen la intensión de la búsqueda en lograr otros bienes que no sean mejorar como individuo. Así el ser humano siempre es inacabado.

 
En su Paideia, Platón señala que el hombre a través de ésta podría encontrar la cosmovisión que le permitiera conformar una sociedad justa. “La educación es desalienación, la ciencia es liberación y la filosofía es alumbramiento” (Droz, citado por Silvestre, 2009:2). El pensamiento aristotélico continúa esta línea al plantear que la educación hace posible mantener las pasiones dentro de un orden ético. En su Ética Nicomáquea, Aristóteles dice que la sabiduría es una virtud intelectual y que la templanza es una virtud moral. Reflexión ya abordada por Sócrates cuando, junto a Critias, recomienda a Cármides que la respuesta es seguir indagando sobre la templanza porque ayuda a comprender las cosas de una manera fluida, valorando lo útil y advirtiendo que ante el reconocimiento de  la propia ignorancia se debe buscar cómo alcanzar el saber  para poder actuar con justicia.

 
Vivimos en un mundo que presenta enormes tareas en cuanto al cuidado del medio ambiente, la resolución de la pobreza y falta de oportunidades, la generación de fuentes alternas de energía que garanticen el desarrollo sostenible, la erradicación de pandemias, la lucha contra el terrorismo, la economía y el abasto, el respeto por el ser humano y la vida. Por eso estamos seguros que es imprescindible una educación que haga frente a tan complejo panorama.

 
Es urgente una educación en valores, ya que hay una búsqueda de lo inmediato y una pérdida de fe en la razón y la ciencia. El relativismo y la pluralidad de opciones permean en las diversas prácticas culturales y actuares. La necesidad de sobrevivir ha perdido su importancia ante la necesidad de tener, y el que más tiene es el que más es. Al acentuarse el individualismo en las sociedades modernas, se genera la desintegración de la textura moral de instituciones como la familia. Reiteramos pues la necesidad de recuperar la templanza.

Como señala Sócrates: “El alma es la que debe ocupar nuestros primeros cuidados, y los más asiduos, si queremos que la cabeza y el cuerpo entero estén en buen estado.” (Platón, versión 2009: 108). Esta frase fue dicha hace más de dos mil años, pero aún cobra vigencia si hablamos de una educación con y de la templanza. La templanza es una de las cuatro virtudes maestras, pero actualmente parece rezagada de otras virtudes contemporáneas propias de un  estilo de vida hedonista, consumista y permisivo. La persona con templanza reconoce los placeres como tales, pero se modera para actuar conforme lo que mejor  convenga. La persona falta de templanza es, en cambio, desenfrenada y no domina sus apetitos. Es necesaria la templanza para reconocer errores y ayudar a otros con una actitud justa y humilde. No hay mejor guía que el ejemplo mismo.
Para educar con templanza debemos asumir que la sociedad consumista y los medios masivos son indiscriminados en sus lanzamientos y será el individuo quien deberá evitar caer en esta compulsión de consumo y felicidad engañosa que anula nuestra libertad y nos hace caer en la trampa de las adicciones, de la ambición, de la corrupción, entre otras. Por otra parte, la educación de la templanza debe evitar tanto los excesos como las carencias. A eso se refería Cármides cuando opina que: “la sabiduría le parecía consistir en hacer todas las cosas con moderación y medida” (Platón, versión 2009: 111) La disposición natural al gozo puede hacernos obrar desordenadamente; sin embargo, mediante la templanza se modera la atracción de los placeres y se procura el equilibro en el uso de los bienes creados y compartidos. La templanza es un llamado a la sociedad moderna para reconsiderar su escala de valores, porque parece irónico que a mayor población mundial es más grande la sensación de soledad y abandono.

Concluimos que la educación moral es un compromiso de una práctica del yo: quién soy, cómo soy, qué puedo hacer, y qué soy; a favor de un bien común en donde el principal objetivo será la empatía por el otro y el uso de la libertad propia vinculada con la libertad de los demás, en beneficio de una sociedad. Retomando a Morin, la educación moral será indispensable para la educación holista, donde el individuo  actúa a favor de la comunidad y ésta atiende al individuo.

 
Reconocemos que no basta la buena disposición para educar el carácter, sino que también hacen falta leyes acordes al tipo de sociedad en la que vivimos para que guíen la práctica; pues es difícil recibir desde la infancia una recta dirección si se carece de normas firmes encaminadas a la virtud. Las leyes deben regular la convivencia social, la educación y los oficios desde una temprana edad. Las leyes nos guían y dotan de la moderación necesaria para vivir en templanza.